La taberna del mar: Mezquita de Estambul

04 abril 2008

Mezquita de Estambul


En Estambul hay mezquitas. Hay muchas más cosas, claro, y también diferentes templos de varias religiones, pero si hay algo significativo en Estambul son las innumerables mezquitas, con sus cúpulas redondeadas y sus minaretes contra el cielo azul.
Delante de las mezquitas suele haber un patio que sirve de entrada y de lavatorio. Antes de entrar al templo hay que quitarse los zapatos, y a la entrada de las mezquitas de Estambul existen unos grandes cajones llenos de bolsas de plástico: se coge una para guardar en ella el calzado, y la gente entra al interior con su bolsita en la mano. En la parte posterior de la mezquita se sitúan unos largos bancos de madera que también sirven como estantes en los que dejar las bolsas con los zapatos.
Un mediodía entro a la mezquita de Eyüp. El imán está en el púlpito diciendo el sermón. Hay bastantes hombres sentados en la alfombra siguiendo sus palabras. Por respeto me coloco en la parte de atrás, dejo la bolsa con los zapatos en el banco de madera y me siento sobre la alfombra para contemplar un rito que desconozco y los hermosos esmaltes azules y amarillos que visten las paredes. Algunos de los hombres, los más ancianos y los impedidos, se sientan en los bancos contra la pared, en los mismos bancos donde se guarda el calzado.


El imán sigue con su prédica mientras van entrando más hombres a la mezquita (también un par de mujeres que se colocan en el lugar reservado para ellas: un rincón al fondo, tras una celosía). Cada hombre trae su bolsa, con los zapatos dentro, y la coloca bajo los bancos corridos, después busca un lugar donde sentarse en la alfombra en la que van quedando cada vez menos huecos. Me da la impresión de que algunos creyentes me miran mal, pero en general no se fijan en mí, en medio de tanta gente. Eyüp es un lugar de peregrinación, pues en el mismo recinto se guardan los restos del portaestandarte de Mahoma, así que además de los musulmanes de Estambul, acuden allí otros muchos llegados de todo el mundo.
La plática del imán parece interminable, no le entiendo nada, sus palabras se difuminan en el espacio bajo la bóveda azul y a mí no me dicen nada, pero en mi interior se extiende una sensación de desasosiego, me encuentro fuera de lugar y decido salir del templo, sin saber si me muestro más respetuoso permaneciendo allí o huyendo fuera.


Así que me incorporo sobre la alfombra en el momento en que el predicador se calla y comienza a bajar del púlpito. Los fieles también se levantan mientras el imán se acerca a la parte delantera de la mezquita. Va a comenzar la oración y yo quiero salir al exterior. Como han llamado al rezo son muchos los hombres que en ese momento se disponen a entrar por las dos puertas, y yo tengo que encontrar mis zapatos, pero ahora el banco está ocupado por un montón de ancianos, todos sentados sobre el banco, y debajo de ellos hay cientos de bolsas con zapatos, y yo no sé dónde estarán los míos, y no parece una buena idea empezar a pedirles a los abuelos que levanten sus piernas para mirar debajo.
En un momento, me hago un huequito en el banco para sentarme allí a esperar. Entonces, siguiendo las palabras del clérigo, los cientos de hombres que abarrotan la alfombra de la gran mezquita se ponen en pie, luego se agachan, se incorporan de nuevo, se echan al suelo con la espalda hacia arriba, se levantan a medias, se vuelven a agachar, se ponen en pie... Los lisiados que están en el banco no llegan a echarse al suelo, pero también se agachan continuamente y mueven sus cuerpos adelante y atrás, y yo quiero encontrar mis botas para poder salir. Ahora sí que estoy fuera de sitio.
El caso es que el anciano que está a mi lado me hace gestos de enfado porque no sigo la oración, por lo que empiezo a mover mi cuerpo al ritmo de los demás, ahora hacia delante, ahora arriba, luego me agacho y luego me pongo en pie como si estuviera haciendo una tabla de gimnasia, mirando a los lados con el rabillo del ojo para no perder el movimiento adecuado.


Finalmente, parece que termina la oración. El predicador se queda en silencio y desparece por alguna esquina, y todos los hombres vienen hacia los bancos traseros a recoger su calzado. ¿Cómo sabrá cada uno cuál es su bolsa de plástico? En cualquier caso, cuando ya se ha ido casi todo el mundo observo que mi bolsa de zapatos estaba allí mismo, bajo el hombre que tenía sentado al lado. ¡Por fin! Recojo los zapatos y salgo al exterior para calzarme. Con la bendición de Alá, puedo volver a disfrutar al aire libre del perfil maravilloso de las mezquitas de Estambul.


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5 Comentarios:

Anonymous Anónimo escribió...

qué bueno

¿sabes que ese ejercicio físico, y la bajada de cabeza contra el suelo, activa las neuronas y previene del riesgo de trombos?

Lo deberían poner en práctica en las iglesias católicas.

4/04/2008 09:07:00 a. m.  
Blogger pon escribió...

Por Alá, qué agobio me estaba entrando con esas ganas de salir sin poder.

Pues si anónimo, en las iglesias católicas y en todas, y en las mezquitas deberían practicarlo bastante más veces más de uno. Por lo de las neuronas, digo.

¿Las mujeres también tienen derecho a activar las neuronas o solo a caminar con su sudario en vida?.

4/04/2008 08:40:00 p. m.  
Blogger Ana, un Hada al Sur del Mundo escribió...

Ahhhh viajes. Ya te imprimo para leerte mientras regreso a casa y luego te comento.
Besotes!

4/04/2008 11:54:00 p. m.  
Anonymous Maricarmen escribió...

¡Qué aguante, por todos los dioses! yo creo que me habría ido descalza aunque me hubiese perdido parte de la oración, -siempre se puede acabar mientras se contempla una puesta de sol.-
Preciosas fotos.

4/05/2008 10:54:00 p. m.  
Anonymous cristina escribió...

Zendoia ni te imagino haciendo esa oración gimnástica.. (con respeto pluriconfesional), me hubiera gustado verte por un agujerito.

4/05/2008 11:54:00 p. m.  

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