La taberna del mar

28 enero 2012

Loca curiosidad


Entonces se preguntó
qué era lo que hacía tan fría la noche,
cómo podía caer tanta niebla,
quién se había negado a hablarle.
No había respuesta,
como nunca la había habido
cuando antes se hizo la misma pregunta,
y la noche era fría,
la niebla cubría la calle,
las hileras de árboles en los paseos,
las mojadas baldosas de las aceras,
nadie había querido hablarle
y no sabía por qué,
no había respuesta.
Recordó lo que una vez le dijeron en casa,
cuando le advirtieron
que solo se lo repetirían una vez:
no te enfríes en las gélidas
y húmedas noches de la calle,
no te asustes en la soledad de la ciudad,
el silencio empapa y la oscuridad ciega
pero estar buscando respuestas
enloquece para siempre.

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10 enero 2012

Cuadernos de Koh Samui (2)



Los chicos del Boyzone en Koh Samui

En calzoncillos, de cuatro en cuatro en el escenario
moviendo sus deliciosas pantorrillas al ritmo de la música.
Iguales, casi iguales (solo se diferencian en los zapatos).
Los calzoncillos son blancos los días pares
y azules los impares.
El 39, con su recta sonrisa,
con los labios pegados siempre
(imagino que su dentadura no sería perfecta).
Todo manos, y piernas y cabeza,
bello como un Dios de Angkor Wat.
El 17, con ese brillo malicioso en los ojos
y un bigotillo negro, mirando siempre hacia los lados,
nervioso,
un poco arrítmico.
El 45, el más malo de los tres.
Con un cuerpo glorioso,
consciente de su belleza.
Y su sonrisa firme y descarada.
Cuando se van al fondo
tan solo sus dientes brillan
como gatos de Cheshire
(y sus calzoncillos los días pares)
Quizá el año que viene sigan ahí
pero no serán los mismos,
esos chicos de los que me enamoré
en agosto de 2011
en Koh Samui,
los chicos del Boyzone.
Serán otros, más guapos incluso,
más simpáticos.
Quizá huelan mejor
si es que es posible que algo huela mejor
que un adolescente tailandés.
Pero no serán los chicos del Boyzone que conocí aquel verano,
en Koh Samui,
el 39,
el 17,
el 45.
He tenido que cumplir cuarenta y cuatro años
para entender a Bécquer.


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19 diciembre 2011

La última playa


Las olas llegan una y otra vez, se acercan las olas, regresan incesantemente al borde de la playa, insistentes, y a su ritmo se alzan momentos de blancura sobre el azul oscuro del mar y a su ritmo también estalla el estruendo y se propaga el murmullo sobre las gotas de agua agitadas y por entre los quietos granos de arena, y el estruendo hace también que se mezan las hierbas curtidas por el salitre como si estuvieran batidas por las tormentas que arriban del mar, hasta que llega al faro, hasta que rodea el faro enhiesto sobre la última playa de la isla, y entonces la playa del faro en el último cabo de la isla es otra vez mi playa, desde allí escucho el estruendo de las olas y allí me tumbo bajo el último sol antes del crepúsculo y en el momento en el que comienzan a girar las luces del faro llego a ver en el horizonte la estela de humo dejada por un barco que navega despacio, y entonces el mar es infinito y la playa del faro no es casi nada, los largos rayos giratorios del faro no son casi nada, casi no son absolutamente nada, y sin embargo sí que son algo cuando su intensidad aumenta acompasando el ritmo con el murmullo de las olas, cuando la fuerza del sol va debilitándose, cuando la luz del faro quiebra la oscuridad dando vueltas incesantemente sobre las olas que incesantemente se acercan a la playa... y en mis sueños deseo incesantemente llegar a la playa del faro para descansar soñando contigo mientras sobre mi cabeza giran y giran los haces de luz.

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10 noviembre 2011

Hermano, ya a la venta



Querid@s amig@s
Podría empezar diciendo cosas sobre Hermano, sobre lo que disfruté escribiéndola, sobre lo contento que quedé con ella… pero creo que la novela habla por si sola, y esta noche he soñado que me daban el Nobel a la mejor actriz de reparto, así que sólo me salen agradecimientos: al pueblo birmano, intentando devolverles una parte infinitesimal de lo que me dieron, a los lectores de dosmanzanas, por sus ánimos continuos para seguir adelante, por ser siempre un motivo de inspiración. A Xavi, que me dejó escribir allí lo que me dio la gana desde el principio, al resto de compañeros de dosmanzanas (los que estuvieron y los que siguen): han escrito un capítulo completo (Flick, de los derechos de autor algo pillarás). A mi marido, por aguantar largos paseos por la playa y aportar soluciones fundamentales en la estructura de la novela. A las editoras (Editorial Egales) y a otros editores que se interesaron por ella y con los que espero no haber quedado demasiado mal: no es fácil publicar y yo he tenido mucha suerte, así que pido disculpas de antemano a todos esos escritores que son mucho mejores que yo y no lo han conseguido: ánimo, seguid insistiendo. A las personas que leyeron la novela antes de ser publicada, por sus valiosas aportaciones, y que quedan eximidos de los posibles errores que son de mi total responsabilidad. A la correctora, por su paciencia y profesionalidad. A los posibles lectores de la novela: confío en que os guste. Es mi granito de arena, mi "microlucha de todos los instantes" particular contra ese enemigo omnipresente que tiene mil caras: la homofobia.

Y a mi familia, y a mis amigos, y a mi compañero de La Taberna del Mar.

Dejo algunos enlaces para los que quieran seguir profundizando en la novela:

Blog con fotos de los paisajes
Página de facebook de la novela
Mi página de facebook
El "book trailer"

No te imaginas lo feliz que me haría que compartieras este post por mail, wasaaaaap, facebook, morse, señales de humo, mimo o twitter, te lo agradezco de antemano.
Beeeeeeeeeeeeesos infinitos
Ya a la venta en Berkana, Cómplices, Gaymazon, Amazon.es ....


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03 noviembre 2011

Muralla en la frontera


Por aquí pasó Percival
con una novela negra entre sus manos
–para entonces era capaz
de entender lo que leía–,
cuando regresaba en tren a casa
a pasar las vacaciones de verano,
y desde la ventanilla pudo ver
la muralla romana
en las fronteras del país.
No viajaba solo
aunque él creyera lo contrario,
pues a su alrededor flotaba
el alma afligida,
el espíritu moribundo de amor
de su compañero de estudios
que no podía perder la suave voz de Percival
al otro lado de la frontera,
que no podía olvidar de ninguna manera
su cuerpo esbelto y hermoso;
y el alma del amigo
vagando en el vagón del tren
también pudo ver
la muralla romana
en las fronteras del país.
Percival volvía a casa
a pasar las vacaciones,
con su libro en las manos
–ahora que podía entenderlo–,
haciendo volar
su robusto cuerpo soñado
y su persuasiva voz
sobre la muralla romana.

De nuevo me sirvieron de inspiración Las Olas de Virginia Woolf

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18 octubre 2011

Cuadernos de Koh Samui (1)


Aquella última noche,
camino del hotel,
lloraba por todos los putos de Bangkok,
no por pena, obviamente,
sino por la pura belleza
de sus cuerpos jóvenes,
por la inutilidad de sus pantorrillas imberbes,
de sus pantalones cortos de colegial,
de sus camisas azules de vestir,
tan elegantes,
de sus saltitos de ardilla,
de sus calcetinitos blancos,
por su belleza efímera
(no más de dos veranos),
por no poder vivir once vidas.

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28 septiembre 2011

Agua-luz doblada


El agua, transparente y templada.
Al zambullir la cabeza
y mirar a los lados
los rayos del sol
se divisan temblorosos,
su recorrido se dobla
hasta que tocan suavemente
el fondo arenoso del mar.
El agua dobla también
la mirada sorprendida,
transparente y templada,
que se pierde
en la lejana oscuridad
con su último rizo
enlazado a los rayos de sal.
Solo se puede mirar
a los rayos rizados
bajo las olas continuas,
esperando que de allí surja
tal vez doblada sobre sí misma
la admirable recompensa,
transparente y templada,
a esta tarde luminosa.

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13 septiembre 2011

Esto no es una poesía, es un bote de mayonesa

(Este poema fue leído por su autor en el Mercado de San Antón de Madrid en el mes de junio de 2011, como parte de las actividades organizadas bajo la denominación "Chueca pensante")

Yo venía a leer mis poesías
pero tenía que comprar algunas cosas
y he pasado por el Lidl de la calle Delicias
y hacía mucho fresquito porque estaba el aire acondicionado a tope
y no había casi nadie
y los pasillos brillaban lustrosos bajo los fluorescentes
y había un chico ruso, o búlgaro o rumano
que arrastraba el carrito por los pasillos brillantes y helados
y se oía un zumbido, del aire acondicionado
y llevaba una camiseta de rayas, estrechita
con un cuello de pico de esos raros llenos de cuerdecitas blancas
de esos que les gustan a ellos
y una espalda triangular
y un cinturón barato
y unos zapatos marrones claritos muy feos con borlas
de color café con leche
y arrastraba el carrito
y llevaba un bigotillo rubiejo
y el pelito rizado, despeinado

Y se ha detenido delante de una estantería
donde estaban los botes de mayonesa
y se ha puesto a leer delicadamente
las etiquetas
con sumo cuidado
como lee un niño su primer cuento
acariciando los tarros con sus uñas mordidas
y sus manos grandes y morenas.
Y acariciaba los botes con la delicadeza con
la que se acaricia una virgen de Fátima
o un icono ruso o búlgaro o rumano.
Y se ha parado el tiempo
congelado también
como las croquetas del Lidl
y por un momento he pensado
que estábamos a 400.000 km de la Tierra
en una nave espacial
fría e iluminada con fluorescentes.
Y el ruso o búlgaro o rumano leía las etiquetas con la emoción
y el cuidado con los que un niño lee su primer cuento.
Y finalmente ha elegido uno de los botes.
Y luego se ha puesto en marcha de nuevo
(el ruso y el mundo)
arrastrando su carrito por los pasillos brillantes
con su cinturón barato
y sus zapatos de color café con leche
y su camiseta de rayas
y su espalda triangular
y sus uñas mordidas.
Y la cajera gritaba
como solo una cajera del Lidl sabe hacerlo:
¿alguien me va a pagar con diez euros?
¿alguien me va a pagar con veinte euros?
Y el ruso, o rumano o búlgaro
ha dicho: yo
ha dicho yo, con voz potente
como solo un ruso o búlgaro o rumano sabe hacerlo
sobre todo si lleva una camiseta estrecha de rayas
de esas que les gustan a ellos, con cuerdecitas blancas
y un cinturón barato
y unos zapatos de color café con leche
pero resulta que le faltaban unos céntimos
y ha tenido que dejar el bote de mayonesa
allí, en la caja.
Y ha salido a la calle con su espalda triangular
y su cinturón barato.
Sin carrito ya, claro.

Y entonces yo venía a leer mis poesías
pero he decidido que era mejor traer
el aire acondicionado del Lidl o su zumbido
o ese momento detenido a 400.000 km de la Tierra
o las croquetas congeladas,
como mi corazón que se quedó allí
congelado también,
o los pasillos lustrosos
o el carrito
o al mismísimo ruso o búlgaro o rumano
pero me ha parecido mucho más poético
traer este bote de mayonesa.

Así que esto no es una poesía,
es un bote de mayonesa.

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10 agosto 2011

Vagos recuerdos


Según se renuevan mis mundos a diario,
y mientras el amarillo del sol
va dejando paso a un rojo que duele,
las nubes huidizas sobre las altas montañas
dejan a ratos mi corazón a la sombra.
De vez en cuando brotan
luminosas las margaritas en los prados
y luego surgen más oscuros
los montones de tierra dejados por los topos,
pero el sol sigue siempre ahí arriba,
sobre los intervalos de nubes juguetonas,
y no deja de traerme de nuevo
el rastro del mundo que ayer quedó antiguo,
el recuerdo de la tierra que anteayer
fue demasiado vieja,
las palabras silenciosas de aquellos sucesos
vividos hace siglos.
Así quedan en la velada memoria
los hechos que un día parecieron inmortales,
así van aguándose en los lagos
los cristales que se escapan de mis manos,
una vez de ámbar, ahora de miel,
últimas chispas de esta luz que languidece tan despacio.

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13 junio 2011

Mandarina

Noches de doble filo me desvelan,
pálidas andanadas de renuncias,
intermitentes y aciagos misereres
esparciéndose melancólicos
repletos de delirios y amarguras.
Horas doloridas que no desisten
en su empeño de convertirme
al menos en esclavo
y explotan en el aire como frutas
maduras que revientan contra el suelo.
Pálida y angustiosa luz de enero
que fue tan bella en otros eneros de hace tiempo
y que me insulta ahora en los atardeceres
cuando el plomizo cielo se vuelve anaranjado
en los confines del paseo
de camino hacia la biblioteca.
Los árboles helados me acompañan
y pasan velozmente a izquierda y derecha
como siglos, como dinastías.
Me envenena una nube de acero y mandarina.


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21 mayo 2011

Parque de atracciones (Spanish city)


Movimiento ligero
de piernas en el aire,
los brazos hacia arriba
esto es felicidad,
desde el cielo hasta el mar
se arremolina la luz
mientras vamos cantando
sin poder parar.

Atrás queda para siempre
el desierto y su agonía,
aquí los músicos juegan
a rápidas melodías
que van haciendo sonar
alegres y divertidas,
y por delante el camino
es una huerta florida.

______________(enlace al original)

27 abril 2011

Casablanca

No recuerdo haber visto nunca estas olas
verdes que rompen allá, tan lejos que
la vista no llega,
verdes de espuma blanca como mareas de media luna verde,
como mantas, como telas islámicas que recubren
cadáveres de santos
que arrollan y atosigan, que ahogan,
rompen allá tan lejos que uno duda
de que alguna vez hayan sido otra cosa que olas rotas
que hayan formado parte alguna vez de la palidez verde
de ese manso horizonte verde,
llegan rotas y la espuma es tan densa
y salta y se alborota y se remueve el fondo
y no traen nada.
Olas verdes revueltas y la brisa arranca la sal
y la revienta contra el cemento de los rompeolas
y la ciudad vierte sus olores de fango
pero la luz y el vendaval se los devuelve
multiplicados por infinito
y convertidos en sal, algas y peces
y los ojos se ciegan de sol y de arena
y las nubes, tan rápidas que no da tiempo a verlas
y las sombras a contraluz y los destellos verdes
y el vendaval
y las casitas blancas azotadas
y las gaviotas
y los niños que juegan a ser gaviotas
y abren los brazos frente al aire
y se inclinan hacia delante sin caerse
y las olas verdes que rompen allá lejos
y la espuma, tan densa,
y la arena que ciega
los ojos, las tapias y las azoteas
y la ciudad que vomita su estiércol.
Como si el mundo se hubiera descompuesto
en granitos de luz, de sal y arena,
como en un cuadro de Seurat.
Todo es sal y luz y verde
y viento y espuma y sal y viento
y verde y sal y espuma
y destellos de escamas y sol y sombras a contraluz
y el vertiginoso discurrir de las nubes por el cielo
y el horizonte manso y verde.
Toda la luz de África y todo el viento del Atlántico
y su sal y su espuma de golpe, todo a la vez,
vertiginoso, desatado, brutal,
tanto que uno se pregunta si este mar habrá sido
alguna vez otra cosa que vértigo.


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12 abril 2011

He vuelto a mi isla

He vuelto a mi isla,
en el hatillo una botella de whisky,
alubias negras y morcilla,
recuerdos de mi patria perdida.
Los pasajeros hemos cargado
los bártulos en la barca, blanca y azul,
para atravesar lentamente
esta ría plateada,
y en la taberna del mar
hemos visto reír a los niños
mientras el capitán sigue vaciando
barriles de cerveza.
La barca vadea
entre el castillo derruido
y el faro renovado
de regreso a puerto
y entonces, sentado a la mesa
he sacado los papeles y lápices
y entre manchas
ha comenzado a perfilarse
un esbozo verde,
entre las piedras negras de mi islote,
calcetines gruesos de lana,
un carro que avanza dudoso
meneándose sobre caminos de arena,
las lejanas montañas reflejadas
sobre la calma superficie del mar,
la caseta de mi isla,
el muelle que se hunde en el agua,
y todas las aves que regresan
de vuelta a mi recuerdo:
gaviotas, cuervos, mirlos y palomas,
patos y perdices
que vuelan bajo el gris de las nubes
y buscan mi isla una vez más
girando sobre los botes de pesca.
Hubo tardes lejanas
en el puerto escondido,
y las habrá de nuevo
en cualquier refugio costero.


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22 marzo 2011

Odio a Rimbaud


Odio a Rimbaud (1991)
Odio a Rimbaud
que a los veinte años
ya lo había escrito todo.
Vagando borracho de absenta y anises,
calentándose en el British Museum
de las humedades y neblinas de Candem Town.
¿Cómo no odiarle si a los veinte años
ya había recibido un tiro en la muñeca
de un amante, esposo y padre
enajenado por su belleza adolescente y trágica,
si ya había conocido a Verlaine?

Me gusta mucho más el Rimbaud
enamorado de una mujer abisinia en Adén,
calurosa, roja y negra como pórfido al sol,
el Rimbaud traficante de armas en Harar,
el Rimbaud maldito por los siglos de los siglos
el Rimbaud muerto de los treinta y siete años,
sin pierna y con el muñón cuajado de moscas en Marsella.

Odio a Claudio Rodríguez
que a los veinte años
ya lo había escrito todo.
Paseando por las orillas del Duero pensando en Rimbaud,
jugando al fútbol,
leyendo el Correo de Zamora.
¿Cómo no odiarle si a los veinte años
ya había escrito
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
”,
si ya había conocido a Aleixandre?

Me gusta mucho más el Rodríguez
enamorado de Clara Miranda,
recibiendo palizas por ser del PCE,
el Rodríguez lector de español en Nottingham,
el Rodríguez lector de español en Cambridge,
el Rodríguez maldito por los siglos de los siglos
el Rodríguez que llora a su hermana asesinada en Madrid.

08 marzo 2011

Musgo helado


Viendo su perfecto cuerpo imaginado
desaparecer justo frente a mí
seguiría ansioso la vereda
rebasando ciénagas y peñascos.
No sé si fue realidad o ficción
aquello que por un lapso pude ver,
tal vez una veloz sombra fugaz
o mi vista ansiosa de algo esquivo.
Luego solo ramaje en el bosque
vestido con lúgubre musgo helado
y niebla a la hora del ocaso.
Solitaria entre la hojarasca
una aflicción disuelta y relegada
se dirige al refugio de los hados.

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15 febrero 2011

La mañana


Todo vuela detrás de tu cuerpo intocable
y la última noche aún quema
versos que se apagan con un roce.
Con fiebre descubro que la oscuridad
se deslíe como esos pájaros negros
que se mueren por cientos
sin que nadie sepa la causa.
Me gustaría no haberme despertado
o haberlo hecho en tus brazos,
pero ya es tarde y las sábanas aún guardan
el peso de tu espalda.
Ya no es hora ni siquiera de hacer testamento
así que camino por el borde de mis párpados
porque no quiero salirme de mi adentro.
El destino no se deja cortar con
afiladas y benditas cuchillas.
Acaricio nuevamente mis cicatrices
mientras entra,
absurdamente luminosa, la mañana.

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04 febrero 2011

En algún lugar


Hay veces en que el color del agua,
la claridad del cielo,
la vida encubierta de las plantas
esperando el fin del invierno,
la simple presencia de un pedrusco
hacen que estalle
la mirada observadora
que en algún lugar creo mía,
y que se ponga alerta, inquieta,
porque la fugacidad irrepetible
de ese paisaje que veo
se confunde
con una eternidad permanente
que se expande al mismo tiempo,
y entonces esta mirada observadora
que creo mía no sabe
si en ese mismo instante
todo está llegando a su fin,
o si este mundo
conseguirá perpetuarse
incomprensible e incorregible, ruin, cruel,
inmutable,
hasta que las cumbres de las montañas
terminen bajo las aguas del mar.

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25 enero 2011

Algo


Aquella tarde descubrí que hay algo
que es difícil saber en qué consiste
pero que obviamente está ahí,
en la naturaleza, en las nubes,
en los aspersores del parque
que se cruzan con chisporroteos.
Fue algo, no sé, algo.
Algo que estaba ahí antes de mí
y que seguirá cuando me vaya,
algo que quizá tiene que ver
con la intimidad del mundo,
con su mismo ser, con su ser él mismo,
con su espíritu de mundo omnipotente
(pero mudo), como algo trascendente
pero frágil,
tan frágil que se va por el aire cuando
intento agarrarlo, como esos molinillos
que vuelan en verano,
que explota en arco iris jabonoso como
una pompa perfecta en su redondez,
autoconsciente de su geometría
pero frágil, ya digo,
esquivo, como una sombra que uno ve
de reojo y que desaparece en cuanto
es enfocada.
Algo que es difícil saber en qué consiste
pero que obviamente está ahí,
algo que qué sé yo, no sé, algo,
algo que no sé qué hace ahí,
que no se va, que huye, que ahora vuelve,
interpelándome desde el chisporroteo
de los aspersores cuando se cruzan.
Algo que no soy yo, que no es nadie
ni nada, que no es, pero que está,
que estuvo, que estará,
que no sé, que no veo,
que tiene que ver con la intimidad del mundo,
con la vida, con la muerte,
con el espacio y el tiempo,
(si es que no es en sí mismo el tiempo
o el espacio, o los dos),
porque todo tiene y a todo impregna
y todo refleja y a todo remite,
interpelándome desde el chisporroteo
de los aspersores cuando se cruzan.
Como un ruido continuo de esos
que sólo se oyen cuando cesan.


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10 enero 2011

No quisiera


No quisiera
que al igual que el vaho amorfo
adosado al cristal de la ventana,
cortina que me impide
ver el tiempo que hace
a primera hora de la mañana,
vapor interminable
que me hace tiritar
durante lentos días y noches
con un largo temblor,
no quisiera que quedase así, nunca,
el vidrio invisible
que me rodea.
Las gotas de agua van condensándose
y vierten en corrientes sinuosas
cristal abajo,
y no quisiera que
con esa triste humedad que me impide
la visión de árboles brillantes
se fuera también nublando tu cuerpo,
con rastros de lágrimas cayendo
hasta diluirse poco a poco
tu imagen entre los charcos de la ciudad.

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23 diciembre 2010

Azar


Confío mucho más en el azar que en la intuición,
me resulta mucho más efectivo
lanzar una moneda para saber de amores,
que buscar como un loco lo que yo creo que quiero.
En los aeropuertos mexicanos,
para saber qué viajero esconde la droga en la maleta,
ya no se elige por la ropa, o la cara de gangster,
sino que una máquina decide qué viajero
será registrado
(y se acierta más, según me han dicho).
Las empresas saben que las mejor gestionadas
son las que promocionan a sus empleados al azar,
de nuevo.
Está comprobado matemáticamente.
Así que a lo mejor,
mi intuición de que es mejor el azar que la intuición
también esté equivocada,
y deba echar una moneda al aire para saber
si puedo volver a fiarme de la intuición.

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13 diciembre 2010

Palabras heladas


Dijiste,
qué se yo lo que dijiste
si una pared de hielo
nos separaba
y solo podía intentar adivinar
qué decías
con aquella cara descompuesta,
justo antes de resbalar
y estar a punto de caer,
algo me dijiste,
algo me quisiste decir al menos,
pero yo no pude entenderlo
desde este lado de la pared helada,
casi no pude ver siquiera
que te resbalaste después,
que estuviste a punto de caer,
y que te quedaste así tú también helado,
atrapado en aquel movimiento
como cuando un instante se prolonga,
se prolonga hasta hacerse eterno
mientras tus palabras se convierten en silencio.

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02 diciembre 2010

Tarde azul


En una tarde azul
de esos azules que sólo puede haber en Grecia
caminábamos debajo de la Acrópolis
buscando algún recuerdo que llevarnos a casa.
Quizá una escultura que demostrara
(benjaminianamente)
la pérdida del aura de lo reproducible,
una iglesia blanquecina de techo azul
pequeña y miserable,
una reproducción kitsch
de los frescos de Akrotiri,
una medusa de cristal violáceo
o una estrella de mar tejida en esparto,
una alfombrilla de baño con grecas,
una cortina de ducha con peces de colores,
una afrodita en terciopelo rosa,
o el mismísimo Hermes de Olimpia
con un culo exquisito de escayola,
una botella de raki caducada con la bandera
griega, el Partenón relleno de gominolas,
una lámpara de magma en forma
de caballito del Geométrico,
una crátera rellena de botes con especias
que han perdido su olor,
una nube amarilla que descarga
cerveza sobre una reproducción de Santorini.

Gracias a Zeus, solamente me traje aquella tarde azul
y la sombra de un higuera en una tapia blanca.

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21 noviembre 2010

El fin del mundo


Continúas más allá, y todavía
tiene el mundo qué dar, qué decir,
y sigues cuesta arriba
hacia el cielo,
hipnotizado por la luz del sol,
vas hacia adelante, y a izquierda y derecha
entre oscuros humedales de altas tierras,
y cuando crees
que siempre vas a poder seguir así
un precipicio te impulsa hacia abajo
con prisa, casi con violencia,
empujado por el presto de una sinfonía
gigantesca y absorbente,
y ves que en el lugar
donde debería estar el fin del mundo,
lo que hay es un mar tranquilo
que te ha de llevar más allá aún, magnífico
como nunca has visto el mar,
y entonces descubres
que el mundo no tiene fin,
sólo delante de esas profundas aguas azules
con el cuerpo súbitamente paralizado
comprendes que todavía
tienes por delante inmensos territorios
que explorar, por ahí en algún sitio.

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10 noviembre 2010

Aburriéndome


Sereno, como un clavel blanco
en una botella de plástico,
sin orgullo, esperando nada,
agachando la cabeza por momentos,
enturbiando el agua,
amoratándome,
desprendiéndome de algunos pétalos ya malvas,
ennegreciéndome,
desafiando al tiempo pero no demasiado.
Esperando nada.
Aburriéndome.
Desmantelándome.
Esparciendo una alfombra de hojitas
y pétalos ya malvas,
algunos negros.
Descomponiéndome,
como la nieve en los tejados.
Atragantándome.
Muerto como un clavel blanco
en una botella de plástico.
Disolviéndome en el aire.
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28 octubre 2010

La angustia de la espera


Has conocido lo que significa esperar,
muchas veces,
tantas, que hasta has pensado que tal fatalidad
es parte de tu carácter,
en habitaciones de hospital, blancos azulejos,
mirando al mar, mientras las olas
rompen de una en una contra las rocas,
en intervalos sudorosos entre pesadillas terribles
de negras noches infinitamente oscuras,
muchas veces bajo el sol, sediento,
otras aterido de frío, temblando,
no sabes bien si por necesidad
o porque te impulsa algún deseo desconocido,
pero siempre has esperado,
desde que eras bien joven,
cuando los demás corrían y enseguida
lograban aquello que deseaban,
en la madurez,
mientras te parecía que los otros
tenían todo en su mano,
en la vejez arrugada,
cuando vas contando cada paso que das,
cojeando, aguardando.
Cuando crees que sólo has conocido la espera,
que sólo has llegado a ser el triste y afligido
experto en esperar
a que se enfríe un poco la taza de te,
que se seque la ropa,
que llegue por fin tu turno...
que dejes de pasar sin sentido
las nuevas páginas de la vida.
Parece que nunca te darás cuenta
de que para dejar de esperar
no hay que hacer nada, absolutamente nada
más que estar, simplemente estar,
y abandonar para siempre la angustia de la espera,
y olvidarla así, sólo así.

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19 octubre 2010

Cuando pierdo


En trance escribo cuando me abandono
a mis delirios,
cuando derrotado e inmóvil
me aventuro por caminos de sombra,
cuando pierdo.

Solo, agotado, incómodo.

Experimentando atroces convulsiones,
caminando por caminos de polvo,
por arcenes de azabache
y colinas de niebla.

Solo, agotado, incómodo.

En trance escribo cuando me abandono
y nadie me perdona, ni me indulta.
Cuando pierdo.
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04 octubre 2010

En parques interminables


Unas letras que bailan
en crucigramas de tres dimensiones
hacen que me pierda al anochecer
en laberintos de difícil salida,
llego a escuchar melodías en el aire
sin forma aparente,
que en lugar de ayudarme a buscar el rumbo
reflejan el paisaje en mil espejos,
cavidades bajo los árboles,
tapices verde oscuro formados durante siglos
por los nenúfares de los estanques,
y los pájaros no saben trinar,
los patos han comenzado a hablar
como si el sol se hubiese detenido para siempre,
clavado entre nubes y céspedes
mientras sus rayos luminosos y cegadores
se extienden blancos por doquier,
en la penúltima hora de la tarde,
y las letras siguen creando laberintos
para que me pierda, antes de la hora negra.

_____________________(enlace al original)

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24 septiembre 2010

Fragmento de una ¿novela?


Aprendí mucho contigo (contigo aprendí, que decía el bolero). No sólo contigo, sino con los birmanos en general. Aprendí a disfrutar de la maravillosa sensación de conducir por una carretera de un solo carril para los dos sentidos sin cinturón de seguridad, de la libertad de ir en moto sin casco entre los arrozales, abrazado a tu espalda, e incluso de ir tres en una moto, cuando recogimos a aquella señora anciana que se había torcido un tobillo y se sentó detrás de mí, a la amazona, sin agarrarse más que a una cestita en la que llevaba unos mangos. A disfrutar de la lluvia (“sólo es agua”, me dijiste una vez en la que yo corría a refugiarme como si estuviera cayendo fuego líquido del cielo, “lo mismo que cuando te duchas”). De la maravillosa sensación de coger las tostadas atascadas en la tostadora con unas pinzas metálicas sin ningún tipo de aislante, de tomar una cerveza con los pies hasta los tobillos de agua en un chiringuito de Monywa rodeados de cables eléctricos que chisporroteaban alrededor de un generador tras la tormenta, de montar en una barquita con motor fueraborda llena de vías de agua sin salvavidas por los canales que rodean el lago Inle. Sentí por primera vez desde hacía mucho que la muerte era algo habitual, fácil y cercano, y la sensación no era desagradable. En nuestro país caminamos como si fuésemos porcelanas chinas, como pisando huevos, como si nuestra vida fuese la más valiosa del universo. ¿En qué momento de nuestra infancia empezamos a temer a la lluvia, a no pisar los charcos, a usar el paraguas o el chubasquero, a encontrar desagradable mojarnos? ¿De qué manera algo tan absurdo y enfermizo, tan determinante como no querer mojarse la ropa pasa a formar parte de nuestro pensamiento, en lugar del alborozado y libre disfrutar de las salpicaduras en un charco de barro, de la gozosa sensación de las gotas de lluvia en la cara? ¿Qué hemos hecho de nuestra libertad, en qué nos hemos convertido? Obviamente, la vida sólo es una, la nuestra, y según dicen, merece la pena conservarla y alargarla pero ¿a qué precio? ¿Al precio de ir atado a una silla durante siete horas circulando a ciento cuarenta sabiendo que el golpazo será mortal de todas formas, de no poder sentir el viento en una motocicleta o en una bici, de no poder hablar con los amigos circulando en paralelo haciendo eses, ni caballitos, de no poder lanzarse cuesta abajo arrastrando los pies porque los frenos no funcionan? A veces veo a los muchachos que patinan en los parques de Madrid como robots forrados de cascos y espinilleras, rodilleras y coderas, agarrados a sus padres, con esa cara pálida y enferma de niño moribundo que tienen casi todos los niños de Madrid y recuerdo las peleas a pedradas de los niños birmanos (las mismas que teníamos nosotros en España hace no tanto tiempo), las enormes bicicletas de los niños birmanos marchando en grupos hacia el colegio por el borde de la carretera, empujándose unos a otros, tapándose los ojos, conduciendo sin una mano, o sin las dos, sonriendo y saludándome sin preocuparse por nada más que ese momento mágico del pedaleo a la escuela, de ese momento de libertad absoluta, con el sol o la lluvia o el viento como único compañero de viaje, dibujando con las manos en el aire serpientes o cometas.

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22 junio 2010

Inventando el pasado


Inventé mi pasado
a la hora de la comida,
os dije que existían
problemas familiares,
o laborales, no recuerdo,
os conté que tuve
que matar a alguien
para poder seguir
yo mismo vivo,
y os lo creísteis bien creído,
mientras el tinto nublaba
la mente de los presentes.

Entonces comenzaron a aparecer
los espectros por doquier,
la mayoría de ellos falsos,
el resto, de tu calaña,
quisieron decirme en siete palabras
que todos los secretos
estaban bajo la alfombra
esperando a ser sacudida,
que podía aparecer en el ropero
un cadáver embalsamado,
tan ficticio como mi pasado.

Se levantó un aire que arrastró
los secretos bajo la alfombra,
pero el difunto del armario
acabó como invitado
al café de sobremesa.

(Escultura de la imagen: Pablo Aranburu)

_____________________(enlace al original)

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14 junio 2010

Lo infraleve


Arrodillado con el corazón
vacío ya de tantas tardes muertas,
ahogado de pesadumbre
y martirios desolados,
escojo suavemente asesinar dos lirios,
y pensar en ti, decapitándolos.
En ti cruel, incandescente, altivo.
En ti brutal, ardoroso, abisal.
Repiqueteos de bronce en la ventana,
cataratas de luz,
polvo pesado que devuelve
miríadas de puntos y destellos.
Escojo suavemente asesinar dos lirios
por no tirarme yo por la ventana
y dejar, no ya de ser,
porque el que fue ya es para siempre,
sino dejar de haber sido,
que es más dulce y difícil.
¡Que se quemen los versos,
las cartas y las fotos,
los registros, las búsquedas en Google!
¡Que se enfríe el calor que he dejado en la silla,
que se evapore mi vaho en la ventana,
mi olor en las chaquetas,
la suciedad en las almohadas,
la mirada de reojo que te lancé en el parque,
la sombra de mi brazo sobre el frutero,
y mi caricia última sobre tu piel perdida!

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