
Es un largo viaje, desde Madrid a Estambul y desde allí a Tashkent en un avión turco cargado de niños uzbecos pequeñísimos que debían volver de alguna competición deportiva, cuyas azafatas se empeñaban en darnos unas bolsitas de nueces en las que indicaba claramente en cuatro idiomas que los niños podían ahogarse con ellas. Pasé todo la noche soñando que hacía la maniobra de Heimlich a miles de niños que se ahogaban. Desde Tashkent, otro avión nos llevó al oeste del país. Ruy González de Clavijo, del que ya hablaré, tardó algo más.
La ciudad amurallada de Khiva, en la región de Khorezm, se achicharra bajo el tremendo sol de julio. La ciudadela interior, Ichan Kala, una vez expulsados los habitantes por los soviéticos, se convirtió en una especie de parque temático de lo que debería ser una ciudad exótica de Asia Central. Aunque, tras la independencia, algunas de las antiguas familias han vuelto a ocupar sus casas, a Khiva le cuesta desprenderse de ese aire de decorado cinematográfico, de irrealidad, que me disgusta.
Sin embargo, es imposible resistirse a la belleza, algo artificial, de sus rincones y a la majestuosidad de alguno de sus monumentos: el Kalta Minor, o minarete corto, y las miles de historias que circulan sobre su inacabada construcción, la fortaleza de Kounia Ark, la mezquita del viernes y su bosque de columnas de madera, de formas casi tan puras como aquel corral donde el profeta comenzó sus predicaciones, el Tash Khauli y su fantástico harem con cinco iwanes para verano y sus hileras de habitaciones para el invierno, en el que la imaginería decorativa de los arquitectos en las mayólicas o en las pinturas que decoran los techos alcanza límites admirables, las piezas recogidas por el arqueólogo ruso que deseó morir con un trozo de melón de Khiva en la boca, o el mausoleo del santo forzudo (me atrevería a decir que culturista) y poeta Pakhlavan Makhmoud, y sus arabescos vegetales entremezclados con la delicada caligrafía que reproduce poesías del santo, al que acuden peregrinos luchadores de varios países.
La subida al minarete Islam Khodja me deja sin aliento, no creo que haga menos de cincuenta grados en esa oscura escalera que no parece tener fin. Desde arriba, la ciudadela se extiende como un lagarto al sol. Sólo en la frescura de los patios, que permanecen vedados al turista, los niños juguetean al balón alrededor de los pozos, y las mujeres charlan sentadas en los bancos adosados a las paredes más frescas. Me alegro de haber subido hasta aquí para verlo.

Lo que más me gusta de Khiva, no obstante, es lo que queda fuera de la muralla: Dichan Kala, la ciudad exterior. Entrando por el pasadizo que discurre bajo la puerta del Este se adentra uno en un barrio de casas polvorientas, donde algunos minaretes se alinean con los de Ichan Kala, en un juego de perspectiva que me recuerda a los imaginados por Proust y sus campanarios. Los chavales arreglan sus coches, los niños juegan en columpios destartalados, algún vendedor dormita sobre su puesto de helados, a la sombra de una parra. Junto a la puerta del Norte, un barrio de casas de un verde deslumbrante refulge con las últimas luces del atardecer. Desde allí parte un canal de agua fangosa en el que los niños pasan la mayor parte del día tirándose desde los puentes de madera. Las mujeres lavan las alfombras en el paseo asfaltado que discurre paralelo al canal mientras sus bebés chapotean entre el jabón y se llenan la cabeza de espuma. Cuando oscurece, llega la hora de los jóvenes, y uno desearía perderse entre los senderos arbolados.
El canal rodea un parque con una descascarillada noria que chirría. Las parejas de novios suben al atardecer, quién sabe si se atreverán a darse algún beso cuando lleguen a lo más alto. Más adelante, un palacio perdido entre casas de adobe (el palacio de Nouroullah Bey) hace imaginar cómo sería la ciudadela antes de la intervención soviética. Aquí confirmas que a la ciudad interior, por más que sea Patrimonio de la Humanidad, le sobran tiendas y le falta vida.

Al amanecer, un paseo de nuevo por la ciudadela, me reconcilia con la parte turística de Khiva: los escasos habitantes han sacado sus colchones al fresco de la calle y camino casi de puntillas por sus estrechas y polvorientas callejas antes de que comiencen a abrir las tiendas. El color de las paredes de barro refleja los primeros rayos con un naranja imprevisible, las sombras aun demasiado oscuras ocultan pequeños mausoleos, las mayólicas deslumbran de repente con tonos verdes y azules, cegadores. Los perros que dormitan junto a sus amos se levantan a olisquearme moviendo el rabo (
pero esta vez no me pasa lo que me ocurrió en Pushkar), algún chaval entreabre los ojos y me mira sorprendido. A las seis, el despertador de los teléfonos móviles de los tenderos empieza a sonar y les despierta de su fatigoso sueño. También me despierta a mí, que soñaba con caravanas cargadas de seda.
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