30 agosto 2006
29 agosto 2006
Viaje en tren

Nuestro intermediario consideró más oportuno que subiéramos al tren en una ciudad a las afueras de Agra, para evitar el caos y los controles policiales de la estación principal. Nos mantuvo en el autobús hasta quince minutos antes de la llegada prevista del expreso, en una calle oscura y llena de basura, mientras nos hacía preguntas inquietantes:
- "¿llevan ustedes cadenas y candado? ¿no? Bueno, no se preocupen, no hace falta".
- "¿llevan ustedes sábanas? ¿no? Bueno, no se preocupen, no hace falta".
- "¿llevan ustedes mata cucarachas? ¿no? Bueno, no se preocupen, no hace falta".
Al poco rato aparecieron unos "porteadores" que desaparecieron en la oscuridad con nuestras maletas. El intermediario nos entregó los billetes y desapareció también. La estación aparecía iluminada por focos muy brillantes y concentrados, por lo que demasiadas zonas quedaban en penumbra, quizá para ocultar la miseria de los que allí nacen, comen, duermen y mueren a diario y haciendo parecer actores en un escenario a los que refulgíamos bajo las luces. Las ratas correteaban entre los chavales, que cruzaban las vías sin mirar, despeinados y con la ropa hecha jirones.
De repente se acerca un tren cargado hasta los topes de hombres oscuros, las ventanillas llenas de ojos negros que miran fijamente. Del techo cuelgan hamacas que se balancean sobre las cabezas peligrosamente. La puerta aparece atestada de personas que buscan comida de los vendedores que atiborran ahora el andén. Pero nuestro vagón es diferente: es un vagón con literas reservadas (en el billete no sólo pone mi nombre y número de pasaporte, sino también mi sexo y edad). Sin embargo, ese momento en el que subes al tren, sin tener ni idea de dónde está tu maleta, sin saber, no sólo si estás en el vagón correcto, sino si estás en el tren correcto, con los pasillos atestados de vendedores de empanadillas, té, cocacolas y revistas, mientras el tren arranca de nuevo y los vendedores comienzan a saltar en marcha...ese momento es impagable.
El vagón está dividido en compartimentos de cuatro con dos literas a cada lado y, enfrente de la puerta, en el pasillo, otras dos literas. La historia es que tú puedes ir sentado cómodamente en la litera de abajo, que se trasforma de litera en asiento y viceversa, pero, cuando el vecino de abajo decide dormir, te tienes que subir a la de arriba y quedarte colgado como un loro en una jaula. Yo suelo dormir bastante bien en cualquier parte así que la noche trascurrió de forma más o menos apacible, salvo los gargajos y eructos habituales y las personas que deciden descorrer la cortinilla constantemente para verte dormir. De vez en cuando subían policías con palos y se hacía el silencio.
A los pocos días volvimos a coger el tren, de Benarés a Delhi, un viaje larguísimo. Pero ya éramos unos expertos. El problema fue que estábamos diseminados por todo el vagón, así que, armándonos de paciencia, fuimos intercambiando nuestros sitios mejores por asientos peores para acercarnos un poco más. Sin embargo, un hombre que me recordaba a Gandhi de joven (no tengo ni idea de cómo era Gandhi de joven, pero aún así me lo recordaba), tenía un excelente asiento de ventana y estaba cómodamente sentado leyendo un libro de física. Si en aquel tren había un candidato para hacer estallar la bomba seguramente era él. Para estar todos juntos, debíamos cambiarle su asiento por uno horrible en el pasillo encima de un señor que ya dormía, por lo que se tenía que subir a la jaula quisiera o no. Al ofrecerle ese asiento, el hombre accedió inmediatamente, cogió su libro y se subió a la litera. De nuevo la noche trascurrió sin sobresaltos, con los carraspeos tuberculosos ya tan familiares, y llegamos a Delhi con unas tres horas de retraso.
A la mañana siguiente fui a pasear por Lodi Gardens, uno de los más bellos parques que jamás he visto. En uno de sus jardines, me encontré con el hombre que nos había dejado el asiento acompañado por una chica rubia guapísima. Me sonrió.
-"Vaya, dieciocho millones de habitantes y nos volvemos a encontrar".
-"¿Por qué nos dejaste tu asiento? El tuyo era mucho mejor".
- "Supongo que lo hice porque nos íbamos a encontrar hoy y me ibas a agradecer el gesto delante de mi novia, lo cual me alegra enormemente".
Así es La India, llena de pequeños milagros cotidianos. Llena de tragedias. Como la de toda esa gente que había muerto en los trenes pocos días antes. Ojalá se reencarnen en algo bello.
26 agosto 2006
Viaje a la palabra

Desde las oscuras profundidades marinas
surge, entre algas y bacterias, mi vida
que, sigilosamente, en un lento ascenso
arriba hasta los rayos intermitentes,
destellos súbitos y fulgurantes
de ámbito supremo.
Cuerpo que deslizo armonioso
entre aguas transparentes,
donde colores, entornos, calores
se funden en amalgama albiazul.
Así, cual pez abisal que cambia
aletas por patas, en perezoso paseo
asomo a las rocas y arenas,
tierra, aire, sol,
dificultades que son retos,
y busco nuevos manjares
desconocidos en mi vida pasada,
encuentro universos
–hostiles y paradisíacos–
que me acogen en mi rumbo
azaroso e incierto.
Me recojo, rehuyo del ser que soy sin serlo, retorno
y muto sin variar la esencia del abismo,
de la corriente que me arrastró y me izó,
del cambio superficial y de la evolución discontinua.
Rehago mi cuerpo, mi vida, estiro vértebras y osamenta,
pienso y siento –qué placer pensar y sentir–
y reconozco tu mundo, desde el que contemplas
las olas del mar cuya profundidad me creó, y por fin,
encuentro el modo de llegar a ti: la palabra.
Ahora soy súbdito de tu reino.
25 agosto 2006
Barinatxe desde lo alto

Respiro aire marino y nubes de horizonte,
veo barcos que entran y salen del puerto
y cometas que se estrellan contra la arena,
un perro jugando con la espuma de las olas
que el aire rompe y desordena.
Subiendo la cuesta por última vez hasta el año que viene,
despidiéndome de los paseos por la arena mojada de la orilla
sin saber si esta vez será la última
(eso no se puede saber).
Ya ni recuerdo el primer día de verano,
cuando bajaba ansioso por meterme en las aguas heladas
y verdes de esta playa,
con todos esos días por delante,
con esas conversaciones
y esos besos con sabor a caracolas,
y corría por la arena para no abrasarme los pies,
ese primer momento de pura luz,
de puro sentir,
esa primera vez después de tantos meses,
cuando llega la primera ola y me sumerjo
y floto boca abajo agarrándome las rodillas
y la ola me vapulea
y me llena de arena y algas y espuma
y me arrastra a la playa
y dejo que el mar vacíe su sal sobre mi piel al sol.
Ese mismo mar que hoy está gris,
que no es el mismo.
Pero ¿acaso podría irme si el mar
estuviese azul y brillante y lleno de estrellas
como estuvo aquel primer día de verano?
23 agosto 2006
Otra vez

Otra vez las piedras camino de la primavera,
época de negras rocas.
La nieve se fundió en tiempo de soledad,
la blanca nieve.
Las nubes cubrieron el cráter del volcán.
mientras yo recibía el calor del sol,
desnudo y solo.
Al llegar la noche, sin embargo, me encontré a mí mismo
jugando con el amor secreto, encontré mi cuerpo
en silenciosa alianza entre generaciones.
En terreno muerto de piedras negras
en ráfagas de aire húmedo fugitivo
amparado por nieve derretida
sobre el negro mar
cubriendo aparentemente un vacío imaginario
hasta ahora, hasta que llegue de nuevo el invierno,
hasta volver a pisar
otra vez las playas de piedras negras
hasta volver a sentir los rayos del sol
tragando la soledad de blanca espuma, otra vez.
21 agosto 2006
Jaisalmer es el fin del mundo


Todo el mundo te cuenta tu historia en Jaisalmer, porque tienes que tener una historia para que este país inmenso no te trague, para que sus muchísimos millones de habitantes no te arrastren hacia el océano como un río caudaloso, entre el tráfico infernal de camionetas, bicis, carritos, bueyes, búfalos, elefantes, camellos, carricoches, para poder levantar la mano entre todo este caos y gritar en alto: “¡óiganme!, ¡paren!, ¡tengo algo que contarles!”.
10 agosto 2006
07 agosto 2006
Benarés, la que siempre resplandece con luz divina


La muerte no se oculta en La India, ni se llora. Al amanecer, desde la barca en la que paseo por las orillas, observo cómo la vida serpentea entre las callejuelas abigarradas y ruidosas, sucias y caóticas, entre gritos de ánimo y carreras apresuradas, contemplo cómo la muerte descansa sobre piras de madera y se perfuma de aromas y luego flota apacible, dirigiéndose lentamente hacia el mar aún lejano, en el agua dorada y silenciosa que resplandece bajo la divina luz de Benarés.
04 agosto 2006
A por chipirones

Patxi y yo hemos cogido la motora. Él sabe dirigir la chalupa en estas aguas, por tanto, él la ha puesto en marcha. A las seis de la mañana hemos salido del puerto viejo, y en poco tiempo hemos dejado atrás la desembocadura del Bidasoa, hacia Higer. Al pasar junto al puerto nuevo se nos ha aparecido el ancho mar, Ondarraitz y Dunbarriak, y la costa que se extiende hasta Biarritz.
Hemos dejado San Telmo a nuestra izquierda, y acercándonos a la última punta del monte Jaizkibel, hemos visto la luz del faro luchando contra el amanecer, antes de llegar a Amuitz.
El mar está en calma y Patxi ha acercado la motora hacia las rocas, con mucha habilidad.
Hemos preparado los sedales, y los hemos lanzado al agua entre las rocas.
Durante toda la mañana hemos estado cogiendo chipirones en un eterno balanceo, a veces cantando, hasta que se nos han caído los anzuelos al agua, junto a la gran roca. Entonces hemos entendido el nombre del islote Amuitz, la roca de anzuelos, amu-haitza. Allí han quedado nuestros aparejos, pero no nuestro ánimo, ni los chipirones.
Patxi ha regresado contento con la motora llena.
Yo más contento si cabe, como un chipirón.
03 agosto 2006
Breve inciso
02 agosto 2006
Raj Mandir, el mejor cine de Asia

Una vez conseguida una entrada de la clase diamante (la más cara) me adentro en un hall que haría palidecer de envidia a Walt Disney o Tim Burton: un espacio gigantesco decorado con enormes flores de loto invertidas de todos los colores, de las que surgen lazos y guirnaldas apabullantes, con escaleras de caracol por las que podría subir un ejército para contemplar las máquinas de cocacolas y palomitas, cuyos subproductos acuosos y grasientos se pierden en una moqueta espesa, espesísima, en la que temes quedar atrapado, que se levanta hacia el cielo en su unión con la pared y supura espumas y gargajos rojos de betel en las esquinas. Junto a los baños y en los rincones, el olor a amoniaco advierte de esa costumbre de los hombres indios de orinar en cualquier parte, agachados, como las mujeres.

El acomodador ronca, así que decido sentarme en el enorme sofá, advirtiendo el jolgorio que mi presencia ha causado en un grupito de ratas que juguetea al lado de un papelera y que me miran con ojos rojizos y codiciosos. Una de ellas incluso se pone de pie y hace monadas. El acomodador, que se ha despertado, se justifica ante mi espanto diciendo: “Mickey Mouse”. Y estoy en la clase diamante.
Acabada la sesión anterior, la siguiente empieza sin descanso. Las luces ni se encienden: un bullicio de entradas y salidas, gritos, lloros, risas, eructos y teléfonos móviles acompaña a la subida y bajada del telón, lo que además parece despertar a unos enormes murciélagos que hasta el momento me habían parecido lámparas rococó estropeadas colgando del techo. Su majestuoso vuelo se superpone a los títulos de crédito en la pantalla gigantesca, lo que parece fascinar a los espectadores que aplauden a rabiar. “¿Batman?”, pregunto al acomodador, que vuelve a su sofá sonriendo.

El cine es un verdadero espectáculo ¿pero algo en este país no lo es?: desde la religión al baño, de la comida al tráfico, de los mercados a la lluvia. La gente grita y ríe, y llora y se abraza y los móviles no paran de sonar y los chiquillos suben y bajan las escaleras, se asoman desde los palcos, se montan a horcajadas en las barandillas, se descuelgan desde las cortinas. Está prohibido pasar comida y bebida al cine pero, bajo las butacas, una enorme pila de restos de Big Mac, patatas y ketchup hace las delicias de Mickey Mouse y sus amigas, cuyos rabos grisáceos hacen gritar a los chavales cuando rozan sus pantorrillas. Mientras, Batman y los suyos han suspendido su majestuoso vuelo de reconocimiento y vuelven a descansar boca abajo colgados del techo.
La película es impredecible, parece de amor, pero luego es un musical, en cada canción se cambia de escenario y ropa más de diez veces, la acción trascurre en Delhi pero hay nieve y chalés y barcos lujosos de la Costa Azul, luego explota una bomba y el chico bueno ahora es terrorista de Cachemira y la chica guapa (que era ciega) ahora ve, y siguen las canciones y la gente las corea mientras bandejas con olor a Kentucky Fried Chicken circulan entre las filas de butacas y los niños berrean hartos de subir y bajar escaleras y de tirar caramelos pegajosos y pegotes de arroz desde los palcos. A las dos horas llega el intermedio. Ya ni sé de qué trata la película, podría ser que ahora apareciera Vishnú o Shiva y resucitara a los padres de la ciega, que habían muerto en un accidente de esquí acuático en el Ganges.
Es el espectáculo del cine, es la fiesta de la vida en La India, ese agradecimiento continuo a lo más simple, es el Raj Mandir de Jaipur, el mejor (y desde luego, el más divertido) cine del mundo.