
No soy un experto en teoría queer. Ni siquiera sé si entiendo algo o cada vez que leo libros sobre el tema me lío más. El caso es que este verano en Bulgaria he empezado a comprender algunas cosas viendo a la gente. Vamos a ver si me explico, que es complicado.
En nuestro país tendemos a confundir sexo con género. El sexo, según creo, es algo que está en nuestros cromosomas, en cada una de nuestras células, y que es imposible cambiar (por el momento, pero confío en la ciencia). El género, sin embargo, y según los teóricos, es una construcción social, algo aprendido desde que nacemos. Por eso, en otros países, a las personas transexuales se las denomina transgénero.
Así, nuestro reduccionista mundo convierte la gran infinidad de variaciones de la naturaleza en cuanto a sexo (XX, XY, XXX, XXY, y muchos más) en sólo dos géneros: el masculino y el femenino. Cuando llegamos al mundo nos ponen una pulserita rosa o azul y ahí ya va todo: la plancha, la agresividad, el mando a distancia, el aparcar bien, las colonias, la sensibilidad, el bricolaje, entender los mapas, la cocinita y mucho más.
Cuando vemos a una persona transexual, solemos decir “se le nota”. Hay muchas divas del cine o de la música que se han convertido en referentes para la población LGTB: su masculinidad o feminidad es tan excesiva que al resto de la gente le suele resultar incluso desagradable. Siempre caerá sobre ellos la sospecha: éste es un hombre, ésta es una mujer (hay menos casos, pero los hay).
Pues bien: en Bulgaria a la mayoría de las mujeres “se les nota”. Sus vestidos, sus joyas, sus contoneos, sus movimientos de caderas y manos, sus brillos, son tan antinaturales, tan forzados, que no queda más remedio que rendirse ante la evidencia: su comportamiento femenino es tan exagerado, tan sobreactuado, que no hay duda de que es aprendido (y aprendido mal). Pero no sólo eso, claro. A los hombres también “se les nota”. Su masculinidad es tan impuesta que produce hasta risa: sus miradas de desprecio, su altanería, la manera de tocarse los huevos, la forma de cruzar las piernas, de agarrar a sus mujeres, de beber la cerveza, de partir la carne, la manera de gritar, de impostar la voz, de reírse. Todo forzado, todo aprendido, todo actuado.
Es algo que me reconforta, sinceramente, el pensar que a todos “se nos nota”, que no hay nadie auténtico (y si lo hay, sin duda también es una actuación). Que todo es cuestión de ser mejor o peor actor. Actuar: esa es la cuestión.
Este año me he propuesto ser como Marlon Brando. Para el que viene pienso ser Ava Gadner.
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