
Creo en Dios padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra,
(porque lo vi una vez haciendo carreras con un palo
en el agua que corría por una acequia, entre naranjos).
Creo en Jesús y su mensaje de amor.
A partir de ahí creo en pocas cosas.
Creo en las huellas que tus pies dejan en la arena mojada
cuando caminas a dos pasos de mí,
creo en la ola que te moja los tobillos y vuelve al mar,
llevándose tu sombra,
creo en la primavera, cuando te sientas debajo del almendro
y una brisa ligera te llena el pelo de florecitas blancas,
creo en un viejo chino que acaricia el sol por las mañanas
y baila una extraña danza espasmódica
en un parque por el que paso camino del trabajo.
Creo en una chica despeinada que arrastra un carro lleno de chatarra
y se lava en la fuente de la plaza, donde duerme en cartones.
Creo en dos niñas gemelas, una de ellas con gafas,
que se aferran a mis piernas y me tiran al suelo
y me llenan de babas.
Creo en una mañana gris de invierno con un cielo plomizo
que parece que se come los edificios altos,
creo en la Navidad de las películas americanas,
cuando el niño se asoma a la ventana y ve el patio lleno de nieve
(yo también tuve un patio pero nunca nevó,
también tuve un paraguas con una cabeza de perro en el mango,
y tampoco lo usé: mi madre me avisaba cuando caían tres gotas
y yo bajaba corriendo al patio, pero ya no llovía).
Creo que todos los días matamos a cuarenta mil almas de hambre.
Creo en las playas de Larrabasterra
y en las frías olas del Cantábrico
y en los campos de trigo
y en el envés plateado de las hojas de olivo
y en las uvas brillantes que se desprenden solas de los racimos.
Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro
pero que tenga playa y amigos y cognac y que estés tú,
si no casi prefiero que me beban las flores o me coman los bichos.
Amén.