
En un rincón olvidado del enorme Museo del Louvre, tras infinitos pasillos a medio iluminar, tras empinadas e interminables escaleras, quizá en el punto más alejado de la transparente pirámide que atrae a los turistas como moscas, bajo un fluorescente que se enciende y se apaga con un zumbido y vigilado por una aburrida guardiana que sestea en un rincón, encontrarás la “Peregrinación a la isla de Citerea” de Watteau, uno de los pocos cuadros que, a estas alturas de mi vida, consiguen ponerme los pelos de punta. Citerea es una isla griega del Jónico, la isla de Afrodita-Venus, la diosa del amor, un lugar de libertinaje según los cánones rococó. Citerea es el paraíso, pero un paraíso efímero (¿no son por eso más bellos los paraísos?).
Mucho se ha hablado sobre el tema del cuadro: ¿las parejas de amantes van o vuelven de la isla?, ¿se trata de una escena galante y festiva o una nostálgica despedida?, ¿sienten emoción o melancolía?. Yo, por mi parte, no tengo la menor duda: el tiempo del amor se ha acabado, la isla frondosa en la que las parejas han dado rienda suelta a sus pasiones, la mortecina luz del atardecer que anuncia la noche inminente: todo me induce a pensar que los peregrinos se marchan, que están listos para embarcar al otro lado, al mundo en el que las pasiones se olvidan o se diluyen como sueños entre luces de atardecer.
No es, desde luego, mi estilo de pintura favorito. Lo que me emociona no es su estética, ni la suavidad ondulada de su composición, ni su pincelada rápida y suelta, casi instintiva, ni sus fascinantes arrepentimientos (a veces dice más un arrepentimiento que una determinación), ni sus colores desvaídos y argénteos. No se trata de eso. Es el aire de fragilidad huidiza, de melancolía brutal, de dejadez y cansancio que emana de esta pintura, quizá reflejo de los propios sentimientos de Watteau, aquejado de tuberculosis y consciente de que su propia Citerea también se estaba acabando, consciente de que, a su vez, también él tenía que embarcar. Lo que me ocurre es que parado ahí, sólo, delante de este cuadro, siento la caricia de un hombre joven tuberculoso, de un hombre nostálgico de una felicidad efímera que probablemente ni siquiera conoció. Siento su aliento débil, su tos, su peso levísimo que se apoya en mi brazo porque no se sostiene. Siento su olor a espliego, naranja y medicinas.
La guardiana negra con aros dorados en las orejas se despierta de su siesta y se levanta. Presiento que viene a decirme que llega la hora de cerrar y estoy demasiado lejos de la salida. Pero muy suave, acerca sus labios a mi cara y, como si exhalara una neblina púrpura, murmura en mi oído: “No te vayas, no embarques nunca, quédate en Citerea”.
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